En esta ocasión voy a escribir sobre el enfado, más concretamente, sobre como lo podemos gestionar. Independientemente de nuestro carácter, todos nos enfadamos de vez en cuando. Hay quien lo hace más a menudo, unos lo hacen de forma explosiva, otros más suavemente, hay quien siente que cuando está enfadado tiene más energía y también aquellos que, por no sentirse cómodos con esta misma energía, son más proclives a la tristeza, una tristeza que, en realidad, esconde un gran enfado. Hace ya unos años me contaron un cuento de Jorge Bucay sobre la tristeza y la rabia y como ambas emociones, por descuido, habían intercambiado sus ropas tras un baño en una laguna y, desde aquel momento, andan por la vida con sus vestidos intercambiados. Cuentan que es por este motivo por lo que, a veces, la tristeza esconde rabia y la rabia esconde tristeza (Os dejo un enlace por si queréis escuchar el cuento original narrado por Jorge Bucay: https://www.youtube.com/watch?v=GJdgEBkpF4M).
En todo caso, hoy voy a hablar de la rabia, del enfado y de su gestión, independientemente de lo que esconda detrás. La rabia es una emoción que suele ser intensa, es enérgica, rápida y, en muchas ocasiones, hace que no podamos ver claramente la realidad cuando estamos poseídos por ella. Si no prestamos atención, es posible que nos lleve a actuar, mejor dicho, a reaccionar de forma impulsiva, sin que hayamos tenido tiempo para sostenerla, enfriarnos y poder responder de forma meditada. Esta es para mí una de las formas que puede tomar un enfado, el de reaccionar impulsivamente y vomitar toda la furia que llevamos dentro sobre la persona que sentimos que nos ha provocado dicha emoción (por su culpa…). Precisamente este “por su culpa” nos lleva a sentirnos con derecho de volcar en el otro esta sensación tan desagradable en lugar de tratar de sostenerla, mirarla, y sentirla antes de expresar nuestro enfado de una forma más constructiva. Es muy tentador cuando nos sentimos con toda esa energía y llenos de razón sacar la ira sin ningún filtro, de hecho, en un primer momento nos podemos sentir aliviados después de hacerlo, sin embargo, hay que tener presente que esto no es inocuo. En muchas ocasiones, tomados por el enfado, podemos exagerar la situación e, incluso, decir cosas que no pensamos y esto daña la relación. Para no tener que gestionar la emoción y quedarnos más tranquilos nosotros, herimos al otro y a nuestra relación con él.
Otra opción es tragarnos lo que sentimos, hacer ver o convencernos de que no pasa nada y, en este caso, somos nosotros los que nos dañamos. Podemos decirnos que es para no perjudicar la relación, pero yo creo que, en realidad, es para no tener que gestionar el enfado. Además, al hacer esto, es muy fácil que guardemos rencor al otro y, en algún momento, le pasemos la factura, probablemente, por algún hecho que en otras circunstancias no nos molestaría de la misma manera. Esta forma de actuar nos daña a nosotros y, posiblemente, acabe perjudicando también al otro, aunque sea a raíz de otro motivo, ya que lleva la carga de la emoción reprimida, incluso si es inconscientemente.
Evidentemente que hay otras muchas formas de reaccionar (por ejemplo, mostrarse pasivo – agresivo mientras negamos al otro que nos esté sucediendo algo), pero para mí las más representativas y polares son el vomitar o tragar el enfado. En el primer caso volcamos hacia fuera nuestras emociones y en el segundo las tragamos y lo que tienen en común ambas formas es que en ninguna de las dos situaciones nos damos el tiempo y el espacio para gestionarlas primero.
Según mi experiencia, el punto más importante en la gestión del enfado es el tener la capacidad de sostener lo que nos está pasando, dejar que nos enfriemos un poco para poder valorar con más objetividad la situación, ver si estamos poniendo fuera algo de lo que somos responsables o, por lo menos, corresponsables y así, de esta manera, poder expresar nuestro enfado a voluntad y de una forma constructiva. Esta forma requiere de un mayor esfuerzo ya que es mucho más cómodo abrir las compuertas de nuestra ira y pensar que después ya arreglaremos los daños. O bien, todo lo contrario: convencernos de que no pasa nada, que no hay para tanto, ya que de esta forma tampoco tenemos que estar en contacto ni responsabilizarnos de esta emoción que nos resulta desagradable, nos desconectamos y ya está.
Como os decía, estas opciones pueden parecer más fáciles a corto plazo, pero resultan dañinas y dejan huella a medio, y no tan medio, plazo. Una de las formas en que podemos darnos espacio es estar en silencio, sin intentar hacer ni resolver nada en un primer momento y, simplemente, sostener lo que sentimos tratando de no darle alas a nuestra mente que se siente llena de razón. Una vez hemos podido estar en contacto con la emoción, sin irle insuflando más energía con nuestras certezas y razones, podremos ver la situación con algo más de imparcialidad y reapropiarnos de nuestra aportación a dicha situación. Así estamos más en contacto con la realidad ya que la furia, tal y como yo lo veo, nos aleja de la realidad en la medida en que nos hace un poco ciegos.
Una vez hecho esto, podemos expresar lo que sentimos, tratando de no culpabilizar ni herir al otro, exponiendo nuestros sentimientos y marcando nuestros límites de forma constructiva y de manera que, tal vez, acabe mejorando la relación en lugar de deteriorarla.
Finalmente, me despido con un breve texto de Thich Nhat Hanh (monje budista y activista por la paz) que resume lo expuesto de una forma muy clara: “Estoy decidido a no hablar cuando la ira se manifiesta en mí. Practicaré la respiración consciente y caminar para reconocer y mirar profundamente en mi ira. Yo sé que las raíces de la ira se pueden encontrar en mis percepciones erróneas y la falta de comprensión del sufrimiento en mí mismo y en la otra persona. Voy a hablar y escuchar de una manera tal que me ayude a mí mismo y a la otra persona a transformar el sufrimiento y ver la manera de salir de situaciones difíciles.”
Miriam Sans
