La vejez, una oportunidad de aprendizaje

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Esta vez, quiero compartir con todos vosotros unas reflexiones, pensamientos, emociones y vivencias fruto tanto de la experiencia profesional en grupos de gente mayor, como de la experiencia personal como hija, una hija ya adulta que va viendo como aquellos que un día cuidaban de mí se van debilitando y, poco a poco, van pasando del rol de cuidadores al de ser cuidados.

Según los diferentes diccionarios de lengua española de la palabra vejez podemos encontrar, entre otras, éstas tres definiciones: 1.Último periodo de la vida, edad avanzada; 2.Estado del ser humano de deterioro progresivo de los órganos y de sus funciones, a causa del paso de los años; 3.Calidad de viejo, de gastado por el uso. Partiendo de la base de las dos definiciones primeras podemos decir que este último periodo puede estar lleno de riqueza por las experiencias vividas y por el aprendizaje que se  deriva y, a la vez, puede ser también un último estadio donde la aceptación de las nuevas limitaciones, no vividas hasta este mismo instante, representen tanto por las personas que transitan este estadio en la propia piel como por las personas que forman parte de su entorno ( familiares, amigos, cuidadores, etc..), un camino rico en aprendizajes y, a la vez un camino doloroso y difícil de emociones y pensamientos desagradables, que en un primer momento nos resistimos a transitar debido a la dificultad propia de aceptación del nuevo contexto.

Estas circunstancias que nos hacen tocar el dolor que representa la vejez, cuando esta implica un deterioro de aquellos que queremos o, de aquellos con quien tratamos profesionalmente y nos despiertan aprecio y respeto, nos ofrecen la posibilidad también de un aprendizaje. Nos puede conectar con las cosas más simples, incluso nos podemos hacer más pequeños para sostener aquello más minúsculo  que hay en nosotros, las cosas más básicas, un pequeño gesto amoroso, una paseada, una puesta de sol, un abrazo, etc.. Es en estos momentos de dificultad, de impase, donde el contacto con las cosas sencillas, con aquello que sí que está presente, en nosotros y en el otro, nos nutre y nos reconforta. También es importante saber que podemos rendirnos, que otro puede sostenernos, que podemos llorar de rabia, de impotencia, de dolor ante la pérdida (entendida esta última como una carencia de capacidades antes tenidas) y el cambio que representa la aparición de una enfermedad que implica una degeneración y deterioro acelerado de las capacidades cognitivas y motrices.

En momentos donde la realidad y su aceptación nos superan, es importante saber que un momento difícil se vive como se puede y que no hay reglas y sí, en cambio, puede resultar pacificador recordar que hay cosas que no están en nuestras manos y que no podemos controlar la vida y sus circunstancias. Una actitud que nos puede ayudar a transitar estos momentos difíciles es mantenernos en el aquí y el ahora, en como decía antes, volver a aquello que sí tenemos, a las pequeñas cosas y al calor del otro, aquel que elegimos de acompañante de nuestro dolor. Apoyándonos en él y llorando lo que nuestro cuerpo y nuestra alma necesita expresar en  momentos dónde como paso previo a la aceptación aparece el enojo y la tristeza como emociones a transitar. Podemos transitar estas emociones dejando paso a la energía que supone expresar todas aquellas preguntas y miedos que nos hacen enfadar, en el caso de la tristeza podemos dejarnos sentir la fragilidad de la vida y conectarnos con la ternura y la debilidad de aquel que necesita ser cuidado al igual que al nacer lo necesitamos todos.

Desde una perspectiva cíclica llegamos frágiles y, si el ciclo pasa por todas las etapas, nos  vamos con la sabiduría de los años vividos y la fragilidad de un cuerpo que vuelve poco a poco a los primeros pasos, aquellos donde los pasos eran inseguros y meditados y las palabras eran un tesoro para compartir el universo que se acababa de descubrir… una hoja caduca cayendo, el viento frío en la cara y donde la mirada decía y expresaba mil y una emociones. A mí, personalmente, la vejez de aquellos que quiero y la de aquellos con quien trabajo me conectan, cuando soy capaz de estar en la aquí y ahora, sin miradas retrospectivas ni futuras, con las mismas emociones que me llenan y me nutren el alma: la ternura, la alegría, la riqueza de una vida de lucha, de aprendizajes, de saber parar y embobarnos de una hoja cayendo, del calor junto al fuego y de una sensación de pertenencia que va más allá de una consanguinidad.

Finalmente, es cierto que hay tantos tipos de vejez como personas y es justamente por este motivo que hablo de oportunidad de aprendizaje porque es una decisión de vida elegir qué queremos llegado el “fin de etapa” y como decidimos gestionar este deterioro y las circunstancias y dificultades que podemos tener en mayor o menor grado, al igual que en todos los estadios anteriores de la vida, las circunstancias no las elijamos y sí, en cambio, elegimos que decidimos hacer nosotros con ellas. Decidimos una actitud, no lo que pasa, y sí lo que hacemos nosotros con lo que pasa. Sea cual sea el grado de dependencia final de cada uno de nosotros cuando llegamos a la vejez, lo que será igual para todos serán sentimientos como el amor, el miedo, la ternura, la rabia, la alegría y la tristeza y sentirnos queridos y cuidados nos nutrirá y muy a menudo reconfortará. Ojalá podamos hacernos amigos de lo difícil como parte de la vida, sabiendo que hemos ido aprendiendo de las tormentas que la vida nos ha llevado y este aprendizaje se convierta en nuestro mejor aliado para cada aquí y ahora que vivamos.

Acabaré el post de este mes con una cita de autor, deseo que la lectura os haya resultado interesante, ¡hasta pronto!

 

La vida es básicamente experiencia de pérdida.

Y precisamente por eso existe una búsqueda de lo que permanece.

Rob Riemen

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