El silencio

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En este post voy a hablar sobre el silencio, un tema que he tenido muy presente a lo largo de este verano. Hace ya varios años, más o menos una docena, que formo parte de un grupo de yoga maravilloso en el que no sólo practicamos asanas, visualizaciones y meditación, sino que tenemos la suerte de contar con una amorosa y experta maestra que siempre va más allá y, entre otras cosas, cada año nos propone un tema que nos acompaña durante todo el curso. Algunas veces hemos trabajado los chacras, otras nociones de la medicina tradicional china, en otras ocasiones los yamas y los niyamas (reglas de conducta para yoguis enfocadas en una formación moral) y este año el tema sobre el que hemos puesto atención ha sido el silencio.

Lo que me lleva a querer escribir sobre el silencio, no es sólo que me haya acompañado durante este año, sino especialmente el haberme dado cuenta de que poco he permanecido en silencio a lo largo de este verano.

En primer lugar, me gustaría concretar a que me refiero cuando hablo de silencio. Las dos primeras definiciones de la RAE son: “Abstención de hablar” y “Falta de ruido”. Tal y como yo lo veo, tendríamos que añadir algo así como “tanto externo como interno”. Es decir, el silencio al que yo me refiero, no es sólo la ausencia de ruido externo, sino también del ruido interno, de esa voz que constantemente está pensando o fantaseando. O, por lo menos, el convertirnos en observadores de esa voz, como cuando meditamos.

Ese silencio del que os hablo es, como apuntaba mi maestra, mucho más que la ausencia de ruido. Es algo por derecho propio, no por ausencia de otra cosa, aunque sí son necesarias las ausencias. No es la nada y, de hecho, es la posibilidad de que sea cualquier cosa. De alguna forma me recuerda al vacío fértil de la gestalt (después de cada experiencia hay una etapa dónde hay algo que ha terminado del todo y al mismo tiempo hay algo que no ha comenzado verdaderamente, es el momento en que todo es posible).

Durante este silencio estamos inevitablemente en contacto con nosotros, no hay distracciones, pensamientos ni juicios. Esto nos permite poner atención en cosas que, de otro modo, nos pasarían inadvertidas. Dejando estos espacios de silencio, permitimos que surjan cosas que sino no tendrían espacio, es la forma de poder escuchar aquello que nos queda por expresar. Es una manera de conocernos mejor.

De lo que me he dado cuenta este verano ha sido de cuanto me cuesta buscar estos espacios. De cómo lleno cada momento de alguna acción, pensamiento o fantasía, a no ser que haya decidido sentarme a meditar e, incluso esto, me ha costado mucho. Prefiero hacer visualizaciones o yoga nidra, en definitiva, algo que mantenga mi mente ocupada.

Se me ha hecho especialmente claro este último mes ya que, al estar de vacaciones, he tenido más tiempo para mí y lo he llenado con “el hacer”. Me he sentido satisfecha de ir tachando de mi lista temas pendientes ya que sentía que así aprovechaba el tiempo. He hecho deporte, como una forma de cuidarme e, incluso cuando paseaba por la playa, en muy pocas ocasiones intentaba parar mi parloteo interno, normalmente estaba pensando o fantaseando. También he dedicado mucho tiempo a la música y a la lectura, algo fantástico que, a la vez, me permitía seguir llenándome de sonidos y palabras. O a estar con mis amigos y familia, cosa que me encanta, me llena y no lo he acompañado precisamente de silencios (también puede haber silencios compartidos).

En definitiva, de todos los planes el estar un rato conmigo en silencio ha sido el menos atractivo para mi este verano y, sin embargo, sé que me sienta muy bien y que me resulta necesario para poder dejar espacio y que surja aquello que, entre tanto ruido y acción, no logro escuchar.

Creo que, en general, la mayoría de nosotros llenamos nuestro tiempo libre de ruidos, evitando escucharnos. Y no me refiero a poner atención sobre algo que nos preocupa o sentir lo que nos duele, entristece o asusta, sino sobre el escuchar sin saber que hay, escuchar este vacío fértil en el que todo es posible y no sabemos que surgirá.

En palabras de una amiga: “el no decir abre espacios para que hable el ser”.

A modo de despedida os dejo un breve escrito sobre el silencio de Lucrecia Astronauta (una mujer que escribe con tremenda sensibilidad y profundidad) que me parece muy inspirador:

Se necesita silencio, absoluto silencio.
Silencio en las noches de luna, silencio bajo el cobijo del sol.
Se necesita silencio para escuchar nuestra respiración,
silencio para sentir el ritmo de los latidos del corazón.
Se necesita silencio para comprender,
para escarbar, para despertar.
Se necesita silencio para calmar, para llorar, para desatar.
Se necesita silencio, silencio para hablar con una misma.
Silencio para vaciar, silencio para equilibrar.
Se necesita silencio para escuchar el mar,
silencio para anidar, silencio para renacer.
Se necesita silencio, mucho silencio para poder descansar y volver a comenzar.

 

¡Deseo que un nutritivo y fructífero silencio os acompañe en vuestra vuelta de las vacaciones!

 

Miriam Sans

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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