El cuento de aquello que jamás puede morir

Posted on

A diferencia de los post que publicamos habitualmente, este es algo extenso ya que, en estos días de fiestas, me apetece compartir con vosotros el resumen de un cuento del libro “El jardinero fiel” de Clarissa Pinkola Estés. Se trata del cuento: Aquello que jamás puede morir.

Erase una vez hace mucho, mucho tiempo, un joven abeto que, a pesar de su escasa altura, tenía un espíritu grande. Vivía en lo más profundo del bosque rodeado de árboles mucho más altos, mucho más majestuosos y mucho más viejos que ninguno de los que hasta entonces se hubiera conocido.

Todos los inviernos, los padres, las madres y los hijos se adentraban en lo más profundo del bosque en viejos trineos de madera. Con gran alegría y regocijo cortaban varios árboles de tamaño mediano y se los llevaban.

Sí, el pequeño abeto había oído decir en susurros a los árboles más viejos, que los árboles que talaban los llevaban a un lugar maravilloso, un lugar que llamaban hogar. Allí los trataban con gran respeto, eran acariciados por muchas manos y colocados en un agua calmante. Después, decían, toda una familia de personas sonrientes se congregaba a su alrededor. Adornaban el árbol con pequeños y preciosos objetos, pequeñas bolas confeccionadas con cintas y nueces peladas en su interior, galletas azucaradas y otras golosinas. Después encendían unas preciosas velitas y las colocaban en los codos y en los brazos del árbol. Y al final, con sus guirnaldas de caramelo y sartas de frutas el árbol se convertía en el huésped más reverenciado de la casa. Era, en efecto, el mayor de los honores que se pudiera tributar a un árbol. Los árboles más viejos, que sabían de estas cosas, aseguraban que, para los seres humanos que participaban en ese acto, era un momento de gran alegría. Todo parecía ser absolutamente maravilloso. Y eso soñaba nuestro abeto.

Año tras año el abeto esperaba que empezara el ansiado invierno. Y también cada año, en invierno, regresaban los trineos y los hombres volvían a cortar árboles mientras los niños gritaban y hacían ángeles de nieve.

Y, aunque el pequeño abeto era muy tímido, no podía contenerse y cada año gritaba con más atrevimiento: <<¡Venid! ¡Elegidme a mí! Me encantan los niños, me encanta esa famosa fiesta que celebráis. ¡Elegidme! ¡Por favor! ¡Elegidme!>>

Pero pasaban los años y nadie lo elegía. A muchos de los árboles del bosque que lo rodeaban ya se los habían llevado. Ahora su pariente más próximo se encontraba muy lejos de él y el pequeño abeto se sentía solo, pero a pleno sol fue creciendo y creciendo como jamás había crecido.

Al invierno siguiente, aparecieron de nuevo unos caballos que tiraban de un trineo cargado de alegres niños, en compañía de sus padres. Los caballos pasaron haciendo cabriolas justo por delante del abeto. <<Esperad –gritó uno de los niños-. Aquel de allí abajo, el que está solo.>> Y el abeto empezó a temblar de esperanza.

<<¡Sí! ¡Acercaos un poco más! ¡Elegidme a mí! ¡Por favor!>> El abeto trató de ponerse lo más tieso que pudo. Y la familia debió de oírle, pues el trineo se detuvo y los caballos dieron la vuelta trotando y regresaron, y muy pronto la familia se abrió paso a través de la nieve.

<<Sí –dijo el padre-, éste no es demasiado alto ni demasiado bajo, es justo lo que necesitamos.>> Y sacó el hacha que guardaba en el trineo. Al primer golpe, el árbol experimentó el dolor más intenso que jamás había sentido en toda su vida. Y allí mismo se desmayó, quedando separado de sus raíces.

Más tarde, el abeto fue colocado en una plataforma que avanzaba serpenteando tras el trineo. Ahora se le estaba empezando a calmar el terrible dolor, y además, recordaba vagamente que se dirigían a un lugar importante, bello y maravilloso, un lugar que él había pasado todos los días y los años de su vida deseando ver con toda su alma.

Al final, llegaron a una casita cubierta por la nieve. Un anciano y una anciana salieran al exterior y se acercaron al trineo. <<Que árbol tan bonito, tan alto y tan ancho –dijeron-. Es justo el tamaño que necesitamos.>>

<<Bueno –pensó el abeto-, que agradable resulta ser tan bien recibido. Me pregunto si este será el lugar al que algunos de mis parientes han estado viniendo a lo largo de todos estos años. Espero volver a verlos muy pronto.>>

Los ancianos colocaron el tronco cortado del árbol en un cubo de agua fría que le alivió mucho el dolor. Cuando apagaron las linternas, el abeto, al igual que el resto de moradores de la casa, se durmió profundamente, inmerso en su dicha, sintiendo que aún le aguardaban muchas cosas buenas.

A la mañana siguiente aparecieron los niños, los padres, los ancianos y también otros niños y amigos cargados de cajas. El árbol esperó emocionado. Dentro de las cajas había adornos que colgaron alrededor del árbol, después encendieron docenas de velas y el árbol se sintió en la gloria. <<Oh, eso es de lo que hablaban los viejos allá en el bosque y mucho más>>, exclamó el abeto. Y estiró todavía más las ramas para estar lo más guapo posible. Que alegre se sentía el abeto, sobre todo cuando un niño colocó una estrella de papel en su rama más alta.

Aquella noche, mientras los niños ya estaba durmiendo y el abeto se moría de sueño, los mayores entraron sigilosamente cargados con regalos envueltos. A la mañana siguiente el árbol se despertó sobresaltado cuando los niños entraron corriendo en la estancia entre gritos y exclamaciones. <<Oh, mira qué bonito está el árbol con los regalos debajo.>>

Desenvolvieron los paquetes, tomaron alegremente nueces peladas del abeto y el árbol agitó las ramas, alegrándose de formar íntimamente parte de todo aquello, algo que superaba todos sus sueños.

Bien entrado el día, el árbol pudo reflexionar acerca de su maravilloso destino y de todos los acontecimientos que habían tenido lugar. Y se sintió plenamente dichoso.

Al día siguiente, y al otro, el árbol siguió ocupando con orgullo su sitio en el salón, aunque un poco maltrecho, pues le habían arrancado todas las cintas y la estrella le colgaba de lado sobre un ojo. Pese a ello, al abeto todo le parecía estupendo, incluso cuando vio que casi todos los mayores y niños se subían a su trineo y se iban. << Bueno, ya volverán esta noche –pensó el abeto-, y volverán a colocar una vez más mi dolorido tronco en agua fría. Volverán a adornarme otra vez y los festejos se reanudarán.>>

Entonces entró el padre, lo sacó del cubo de agua, lo sacudió con tal fuerza que todo lo que permanecía escondido entre sus ramas cayó al suelo y lo sacó a rastras del salón. Aunque sorprendido ante aquel inesperado maltrato, el abeto seguía conservando la esperanza. <<Bueno, a ver a que habitación van a llevarme.>>

El padre arrastró sin contemplaciones al abeto por la escalera de madera que conducía arriba, abrió una puertecita y, sin ningún miramiento, arrojó el árbol dentro. Alarmado, el abeto gritó, <<¿Qué significa esta oscuridad?>>. Pero, al parecer, nadie le escuchó, pues el padre cerró la puerta y volvió a bajar.

En aquel pequeño y frío desván no había más luz que la que penetraba a través de una sola ventanita. <<Que desgraciado soy –pensó el árbol, al tiempo que se tocaba todas las ramas para ver si se había roto algo-. ¿Qué he hecho yo para que me abandonen en este frío y solitario lugar?>>. Y allí permaneció el abeto durante muchos días y muchas noches.

Cierta noche el árbol pudo ver cuatro brillantes puntitos rojos que eran los ojos de dos ratas que vivían entre las paredes del desván. <<Oh, señoras mías, ¿sabéis cuando vendrán a sacarme de este desván para llevarme de nuevo a la habitación especial?>>

Una ratita empezó a reírse, en cambio la otra le dio un codazo a su amiga y le dijo con amabilidad: <<Oh, querido árbol, ¿pero qué dices, acaso no has tenido una vida satisfactoria? Ah, ya sé que te creías nacido para este tipo de vida, pero…-aquí la ratita le dio una palmada al abeto- todo termina mi querido árbol, incluso las cosas buenas>>.

<<¿Esta temporada tiene que quedar atrás entonces?>>, preguntó el abeto. <<Sí –contestó la ratita, alargando la pata para darle otra palmada al árbol-. Esta temporada ha terminado. Pero ahora empieza otra distinta. Una nueva vida, siempre otra clase de vida viene después de la antigua. Ya lo verás.>>

Y las dos ratitas permanecieron toda la noche sentadas junto al árbol, contándole cuentos y cantándole todas las canciones que sabían. Y el abeto les preguntó si querían encaramarse a sus ramas para estar más calentitas. Las ratas aceptaron de muy buen grado y juntos se pasaron toda la oscura noche durmiendo.

A la mañana siguiente fueron bruscamente despertados por el ruido de unas fuertes pisadas en la escalera. Las ratitas saltaron de las ramas de abeto. <<Adiós querido amigo. Acuérdate de nosotras, tal y como nosotras nos acordaremos de ti y de tu bondad>>. <<Y yo de vosotras –gritó el abeto-. Me acordaré de vosotras.>>

La puerta del desván se abrió y el padre tomó el abeto, lo arrastró escaleras abajo y lo llevó hasta el patio. Alzando una enorme hacha, la dejó caer con todo su peso en medio del árbol. Al primer golpe, el árbol creyó morir de dolor y, al segundo, se desmayó.

Un buen rato después, el abeto se despertó de nuevo en un rincón de la habitación especial y, aunque no era exactamente el mismo que antes, le pareció que sólo le faltaban las hojas y que sus brazos estaban colocados de otra manera, separados de él y troceados. Pero también vio en las sillas que había delante de la chimenea a los dos ancianos que habían cuidado de él al principio. Eran los que habían aliviado el dolor de su herida con agua fresca. Y allí estaban, arrebujados delante del fuego. A pesar del estado en que se encontraba, el abeto contempló con una sonrisa el amor que reinaba entre ambos.

El viejo se levantó y lanzó uno de los brazos del árbol al fuego y, aunque al principio el abeto opuso resistencia y gritó, no tardó en comprender que aquella era su gozosa misión en el mundo: darles calor a seres como aquellos. Oh, que dicha más grande ser calentado por dentro por la llama del amor y por fuera por el amor de alguien como él.

El abeto ardía cada vez con más fuerza. <<Nunca habría imaginado que fuera capaz de arder con semejante brillo, que pudiera llenar una estancia con semejante calor. Amo a estos viejos con todo mi corazón.>> Noche tras noche el abeto se entregaba a aquel acto. Se alegraba tanto de ser útil y de vivir de aquella manera, que siguió ardiendo hasta que no quedó nada de él, excepto las cenizas que cubrían el suelo del hogar.

Y, mientras los viejos retiraban sus restos, pensó que jamás habría podido imaginar una gloria superior a la que había experimentado hasta entonces y que jamás habría podido desear una existencia superior a la que había tenido hasta aquel momento.

Los ancianos recogieron cuidadosamente con sus sabias manos todas las cenizas del hogar, las colocaron en una bolsa y las guardaron para la primavera.

En cuanto empezó a calentarse la tierra, sacaron la bolsa de las cenizas, salieron a sus huertos y sus campos, y esparcieron cuidadosamente las cenizas del abeto por todas partes, mezclaron las cenizas del abeto con toda su tierra. Con el paso del tiempo, cuando cayeron las lluvias primaverales y empezó a brillar el sol, las cenizas del abeto percibieron una especie de rápido movimiento debajo de ellas. Surgieron unos minúsculos y brillantes brotes verdes y entonces el abeto esbozó mil sonrisas y lanzó mil suspiros, alegrándose de poder ser útil una vez más.

<<Oh, nunca hubiese imaginado que pudiera convertirme en ceniza y producir de nuevo semejante vida. Qué gran suerte me ha deparado la vida. Crecí allí arriba, en la soledad del bosque. Más tarde, qué días y qué noches tan agradables entre el tintinear de los vasos y la luz de las velas y los cantos que aprendí. En mis momentos de soledad y necesidad en la más oscura de las noches, me hice amigo de unos seres desconocidos que querían ser una familia y algo más. E incluso mientras el fuego me desgarraba, descubrí que podía emitir una luz inmensa y un reconfortante calor desde mi corazón. Qué gran suerte he tenido. De entre todo lo que se levanta y cae y vuelve a levantarse, sólo el amor a una nueva vida, sólo este amor, es el que perdura. Ahora estoy en todas partes. ¿Veis hasta donde llego?>>

Y aquella noche el abeto descansó en aquella generosa tierra de la que él procedía y a la que de nuevo había regresado, rodeado –como antaño en lo más profundo del bosque- por aquello que es mucho más grande, mucho más majestuoso, mucho más antiguo que ninguna otra cosa que jamás se haya conocido.

 

 

Miriam Sans

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *